Muchas son las ocasiones en las que he expresado mi sueño de ser periodista en el futuro, pero esta es una de esas veces en las que esos deseos se me quitan de golpe. Francamente, no me gustaría convertirme en una de esas “hienas del periodismo” que solo buscan sacar el mayor morbo posible a asuntos tan delicados como es, entre otros, la gran tragedia que tuvo lugar el pasado 20 de agosto en el aeropuerto madrileño de Barajas.
Familias destrozadas, dolidas, desesperanzadas… Pero ni siquiera las inconsolables lágrimas de personas que se sienten derrotadas tras la pérdida de un ser querido en un accidente aéreo sirven para que los “presuntos” profesionales de la información encuentren el límite a la hora de tratar semejante caso y se percaten de que ellos, muy lejos de colaborar en la poca ayuda que ahora mismo se le puede ofrecer a esta pobre gente, están haciendo que esa herida sangre cada vez más abundantemente y con más fuerza.
“¿Cómo se siente en estos momentos?”, “¿Cómo se enteró de lo ocurrido en Madrid?”, “Si pudiera pedir un deseo, ¿cuál sería?”… Estas son solo tres de las muchas preguntas absurdas y, al mismo tiempo, muy dolorosas, que una periodista de televisión hizo a un hombre que acababa de enterarse de que su sobrina había perdido la vida cuando pretendía volver a casa. ¿Las respuestas? Obvias son. Pero un periodista con “hambre” no se para a pensar en lo que hace, a ponerse en la piel de la gente a la que está hiriendo. Ese hombre resistía esa dura presión como podía, pero al final las lágrimas y el dolor se apoderaron de él. Aún así, esa periodista sin corazón ni vergüenza seguía formulando estúpidas preguntas hasta que la locutora la interrumpió desde el plató para continuar con el boletín informativo. Ahora, díganme: ¿por qué tenemos que tolerar este bombardeo de dolor? ¿Acaso esos periodistas no son lo suficientemente adultos para saber dónde están sus límites? Pero claro, parece ser que es más importante atraer al mayor número de espectadores que las consecuencias que pueda tener ello, aunque se tengan que llevar por delante a un gran número de personas con el corazón roto.
El día 21 de agosto se hizo pública en televisión una fotografía tomada por un “ser” que se coló en el pabellón del Recinto Ferial de Madrid IFEMA donde se iban dejando los cadáveres recuperados entre los restos del avión siniestrado. ¿Lo peor? En la fotografía se aprecia un suelo en el que se van situando en unas pocas filas cuerpos sin vida cubiertos por una lona blanca. Mi pregunta es: ¿cómo se sentiría el fotógrafo y los medios que publicaron esa maldita foto si fuera un familiar suyo el que estuviera allí y tuvieran en mente que semejante imagen está inmortalizada en una fotografía?
Muchos locutores y periodistas que, aparentemente, se muestran abatidos y preocupados por la catástrofe, al mismo tiempo, se pasan todo el día y durante varios días repitiendo las mismas imágenes con los mismos comentarios dándole vueltas al mismo asunto sin respetar la intimidad de la que la gente precisa en una situación como ésta. Padres, hermanos, tíos, sobrinos… rotos por el dolor, se tapan la cara con la mano con el único fin de no aparecer en los medios de comunicación, incluso hay quienes pidieron que por favor les dejaran tranquilos; sin embargo, las cámaras y los periodistas les persiguen y rodean hasta el momento que desaparecen por una puerta o se marchan en un coche. Gente que necesita tranquilidad en una jornada tan dura lo único que encuentra es el agobio que provocan aquellos que solo quieren que sus espectadores “disfruten” de su mal mientras les machacan acribillándolos con malvadas y crueles preguntas sin escrúpulos, haciendo que su dolor se vaya multiplicando cada vez más a medida que pasa el tiempo.
En definitiva, para mí es muy difícil entender (y, créanme, nunca lo comprenderé) por qué se coloca como “máxima prioridad” el factor audiencia ante todo tipo de situaciones, sean las que sean. Los sentimientos de una persona, o lo que pueda suponer para ella ciertas cosas, dan igual si hay un interés personal (económico en casi en todos los casos). Es, simplemente, patético. Pero ¿tienen corazón? ¿Podrá esta gente dormir por las noches? Seguro que sí, y bien satisfechos todos del trabajo realizado.
Dormirán mientras hay gente que no quiere comer, dormir, beber, caminar… Gente que siente que lo ha perdido todo y que su vida ya no tiene sentido. Gente que está rota, dolida por lo ocurrido. Gente que, lejos de encontrar consuelo, se chocan con vacías sanguijuelas que, sin piedad, les destrozan el poquito corazón, las poquitas fuerzas, que les puedan quedar tras lo ocurrido.
Realmente avergonzada. Así es como me siento tras conocer, desde fuera de España, la nueva tontería del Ministro de Industria, Miguel Sebastián, cuyo valor como político siempre he considerado entre nulo y negativo. Si es que cuando el diablo no tiene nada que hacer, mata moscas con el rabo…
Otra solución es la del transporte público, idea que aplaudo y me parece correcta. Yo soy usuaria del transporte público… ¿y el Señor Zapatero? ¿Y los Reyes? ¿Y el mismo Miguel Sebastián? … Tal vez sería mejor que predicaran con el ejemplo… ¿o es que ellos son de porcelana y pueden dañarse por hacer uso del transporte público? Creo que todos estamos hechos de lo mismo…
Habla de cumplir sus promesas electorales, todo buenas palabras. Sin embargo, no es capaz de reconocer las cosas tal y como son; sigue viviendo en una “nube presidencial“, pensando que todo lo que él diga va a servir para justificar las cosas, que todos los ciudadanos nos vamos a creer cada una de sus palabras carentes de veracidad y sentido alguno. Por ello, me siento (al igual que un considerable número de españoles) insultada, porque es una falta de respeto tratarnos como si fuéramos tontos. Se cree el ladrón que todos son de su condición… pero no es así.

No tengo palabras para calificar semejantes resultados electorales. Entiendo la creciente popularidad del partido liderado por Mariano Rajoy, pero la victoria del PSOE… No, nunca lo entenderé, no sé por qué…
“Nosotros no podemos conducir por ti”. ¿Quién no ha escuchado alguna vez la ya famosísima frase de la Dirección General de Tráfico (DGT) en sus diversas campañas para concienciar a los conductores y así disminuir los accidentes en nuestras carreteras? Más o menos veces, todos hemos oído e, incluso, leído semejante lema, ¿pero conducir es lo único que hacemos mal?
En primer lugar, quiero hacer referencia a aquella publicidad absurda que se encuentra en cada kilómetro de la mayoría de las carreteras españolas (en especial autovías). Y digo lo de ”absurda” porque nadie con un poco de cabeza y sentido común va a ir corriendo al centro comercial de al lado solamente porque aparezcan enumeradas las numerosas tiendas que hay en él, ni tampoco se va a dejar todo por visitar los Paradores que hay en ciertos municipios y ciudades, entre otros. Digamos que, en parte, se parece a esos anuncios de televisión que ”cortan” el programa que estamos viendo durante 15 ó 20 interminables minutos, esos que, a pesar de que se puede apreciar una notable subida del volumen por parte de los responsables de las cadenas televisivas (otra cosa absurda, porque no creo que nadie vaya a prestar más atención porque esté más alto el sonido, pero bueno), la gente opta por cambiar de canal o, simplemente, por quitar el volumen hasta que el programa que se estaba siguiendo se reanude. Pero lo que no tiene perdón es lo de las carreteras, porque, además de que para la inmensa mayoría de los conductores esos anuncios son dignos de ser ignorados, el tiempo que de manera involuntaria emplean para mirarlos es tiempo que puede ser clave para evitar un golpe, para frenar cuando imprevisiblemente se forma un atasco increible del que anteriormente no se sospecharía, etcétera. Así, el tiempo de reacción aumenta de manera preocupante, pudiendo igualarse o superar al que se derivaría de un nivel de alcohol superior al permitido, por ejemplo. Y lo peor de todo es que más de la mitad de las veces aparecen varios cartelitos juntos, en el mismo espacio publicitario, lo que multiplica la distracción y, por consiguiente, el tiempo de reacción.
Por otro lado, y no menos importante, cabe dedicar un párrafo a la DGT, ya que también participa, sin ser ese su objetivo (evidentemente), en algunas distracciones de las que tienen lugar diariamente. ¿Cómo? Los paneles informativos, aquellos que indican el tráfico que hay en un intervalo kilométrico determinado, que anuncian un accidente producido más adelante…, es decir, los que nos notifican algo que podría sorprendernos pasados unos minutos, son los que, desde hace ya un tiempo, suelen ser empleados por la Dirección de General de Tráfico para concienciar a los conductores acerca de las consecuencias que pueden tener los descuidos irresponsables, además de citar el número de víctimas mortales que se produjeron en el mismo periodo de tiempo de un año atrás (fin de semana, Semana Santa, Navidades, operación salida del mes de julio, Puente de los Santos…). Sin embargo, al igual que ocurre con la publicidad en las carreteras que he mencionado anteriormente, puede ser un manera de “entretener” a los usuarios de la vía en cuestión, ya que, mientras leen lo que la DGT intenta transmitir para disminuir el número de accidentes en España, es tiempo que pierden para divisar lo que está ocurriendo a su alrededor, tiempo que podría ser usado para estudiar lo que está pasando durante cada segundo del viaje. De esta manera, de nuevo aumentaría el tiempo de reacción y las posibilidades de producirse un accidente de tráfico aumentarían de manera importante. Además, puede resultar bastante “infantil”, teniendo en cuenta que estamos hablando de adultos, gente a la que no hay que estar recordando continuamente algo que ya saben con anterioridad, por lo que esos mensajes no van a hacer cambiar la actitud de los conductores, pues el que corre va a seguir corriendo, y el prudente va a seguir siéndolo.
PP, PSOE, en blanco, nulo… Sea cual sea cada situación particular, todos los mayores de 18 años estamos llamados a las urnas mañana, 9 de marzo de 2008, y todos tenemos que cumplir con el derecho que tenemos de elegir a nuestros representantes, porque es un derecho por el que nuestros mayores lucharon durante mucho tiempo, y por eso ahora tenemos que valorar el esfuerzo que hicieron por que sus descendientes (nosotros) pudiéramos disfrutar de un régimen democrático y de una vida sin tanto sufrimiento como el que tuvieron que pasar ellos.
En esta ocasión, voy a referirme a la multinacional Vodafone (iniciando la historia desde el principio, que tuvo lugar en la española Movistar), pues he conocido un caso muy recientemente de un contrato que, digamos, no se llegó a cumplir.
A los pocos días de eso, recibió en casa el esperado móvil, percatándose de que estaba defectuoso, pues tenía la pantalla agrietada. Entonces, llamó a Vodafone para reclamar, exigiendo la reparación o el cambio del móvil por estar vigente un seguro que estaba incluido en el contrato, por lo que un mensajero de Vodafone fue a su casa, tras numerosas llamadas al 123 (donde lo que menos hacen es atender a sus clientes), a recoger el móvil y le aseguró que recibiría otro de las mismas características, nuevo y en perfectas condiciones en breve, en menos de una semana. Pasaron unos días, pasó una semana, pasaron dos…, y el móvil no llegaba, así que puso una reclamación en la compañía telefónica. Desde allí, le dijeron a través del típico contestador de: “Si desea no sé qué, pulse 1; si desea no sé cuántos, pulse 2…”, que tenía que llamar a un 902, que suponía un coste de unos 6 céntimos el minuto, pero, al llamar a este número, le saltaba otro contestador que le decía: “Todas nuestras líneas están ocupadas; por favor, espere 12 minutos (9 minutos en otras ocasiones)”. Esto suponía un incremento del coste de la llamada que un cliente que tiene un problema por causas ajenas a él no tiene por qué abonar; aún así, esperó el tiempo que el contestador le indicó, espero luego cinco minutos más, luego tres… y al final tuvo que colgar, ya que pasaba el tiempo y nadie le atendía, mientras que el precio de la llamada realizada iba creciendo y creciendo. Lo repitió más veces, pero siempre pasaba lo mismo.
Entonces, le sugirieron que acudiera a una tienda de Vodafone y que comprara con su propio dinero un móvil y los accesorios correspondientes (el cable USB, la tarjeta de memoria…), y que, si luego le era posible, enviara un fax a la compañía para que le devolvieran el importe correspondiente. La duda que le surgió a este cliente tras esa absurda propuesta fue: “¿Y si no me es posible enviar el fax o si luego no me abonan el dinero?”; sin embargo, la contestación de Vodafone fue: “…”, es decir, no le dieron respuesta a su pregunta.
Se acercan las Navidades y, como cada año, es hora de ultimar las compras típicas de estas fechas. Entre dichas compras, tal vez las más destacadas son las de los regalos para lo más allegados, regalos como ropa, juguetes, bolsos y otros complementos, ramos de flores, perfumes y estuches de colonia, joyas… Son muchas las opciones para hacer sonreír a los nuestros a través de un detalle material, pero muchas veces se regala una sonrisa a unos para dar un infierno de vida a otros.
Bajo mi punto de vista, estas soluciones serían las más adecuadas si realmente queremos a nuestra mascota y la consideramos como el buen amigo fiel que es. De hecho, les puedo asegurar que el último que nos traicionaría sería él: nuestro perro. Es un amigo que, pase lo que pase, siempre está ahí a nuestro lado, nos da compañía y el cariño que muchas veces nos hace falta o necesitamos; incluso daría su vida por nosotros.
Así, como era de esperar, la fiebre del perrito se suele pasar con el paso del tiempo, y la gente empieza a darse cuenta de que un perro no es un muñeco, percatándose también de las responsabilidades, sacrificios y obligaciones que se derivan de su cuidado, olvidándose de la parte positiva de tenerlo en casa y sin acordarse de que fueron ellos los que lo compraron y lo querían, que no fue el perro el que eligió a su dueño.