Muchas son las ayudas que ”nuestro” pésimo e inepto Presidente, José Luis Rodríguez Zapatero, pretende dar a esta empresa francesa de vehículos para evitar despidos derivados de la pesadilla económica en la que nos sumergimos los primeros y saldremos los últimos (si es que salimos algún día). Pero ¿por qué ayudas? Al menos, esto es lo que se preguntará S. G., quien tenía un coche de 11 años de antigüedad que quería cambiar por un Renault Clio, un coche nuevo, cómodo y caracterizado por su bonita estética. En definitiva, nada que ver con su antiguo vehículo.
Y es que su antiguo vehículo no disponía de, entre otras muchas cosas, aire acondicionado, lo cual en un verano tan crudo como ha sido el de 2009 se echa en falta. Así que ¿qué mejor que aprovechar los primeros días del mes de junio para visitar el concesionario y hacerse con un coche nuevo? ¡Una idea estupenda! Aunque ya le advirtieron que hasta mediados de julio no podría disfrutarlo, pero bueno, el tiempo pasa volando y aquel esperado día llegaría en un abrir y cerrar de ojos.
Y fue cierto: rápidamente llegó la tan esperada fecha. La pena es que no había coche. ¿Dónde está? Pues cuando no habían detectado algún fallito, se habían hecho mejoras varias, y cuando no es que iban a añadirle no sé qué… Lo que viene a ser historias para no dormir. Pero no pasaba nada, porque S. G. y su familia se iban a ir unos días a la costa murciana de vacaciones, y cuando volvieran, allá por el primero de agosto, podrían tenerlo, ya que, tal y como se les informó, ya estaba en un municipio madrileño a la espera de ser recogido.
A la vuelta de las vacaciones, se le informó a S. G. de que su Renault Clio no había sido fabricado, con lo cual aquel sueño se iba convirtiendo poco a poco en una pesadilla. S. G. decidió contactar con “Atención al Cliente” de la empresa para conocer el verdadero estado de su compra y el motivo de que todavía no lo hubiera recibido. Y, por supuesto, todo fueron buenísimas palabras, palabras para enmarcar y colgarlas en el lugar más visible de la casa. La pena es eso: no dejaron de ser palabras. Son tres las veces que un ya desesperado S. G. se puso en contacto con dicho servicio de Renault, cuyo nombre pongo entre comillas porque no termino de encontrar la relación que, en un grandísimo número de empresas, tienen ese apelativo y lo que es el trato al comprador.
Sin problemas y con un tono muy amable, pidieron a S. G. su teléfono personal, pero de nada sirvió. De esas tres llamadas a “Atención al Cliente”, tan solo la primera fue contestada, cuando los de arriba pensaban que toda la culpa era del concesionario; pero, cuando se percataron de que la culpa era de los jefes, dieron la callada por respuesta. Y lo peor es las broncas varias que el pobre vendedor se llevó tan solo por estar en medio: la de un cliente desesperado, que le pidió perdón porque pagaba con él su enfado sin tener el trabajador del concesionario culpa alguna, y la de unos jefecillos de pacotilla, que, además de no tener narices de dar la cara cuando un cliente exige que se pongan al teléfono, cogen todos sus errores y señalan a los trabajadores como culpables, sin darse cuenta de que sin ellos, la empresa no funcionaría, porque los que realmente hacen que una empresa prospere son los curritos a los que se les da una patada en el culo cuando se trata de reducir gastos, a pesar de que lo idóneo es que los que se marcharan fueran los de arriba, pues son ellos los que menos sacan la empresa adelante.
Para concluir la experiencia de S. G., no hay que dejar de mencionar aquel día de finales de septiembre (porque fue a finales de septiembre cuando consiguió su ansiado coche) cuando, tres días después de ver el cliente su Renault Clio en el concesionario tras recibir una llamada del vendedor, la empresa francesa le telefoneó informándole, textualmente: “Tenemos entendido que su Renault Clio ya está en el concesionario”, a lo que S.G. respondió: “Fíjese usted cómo será que ya hace tres días que lo vi y mañana tengo que ir a recogerlo”. Dicho esto, Renault volvió a callarse, una vez más, sin disculparse en ningún momento y sin reconocer aquello que habían hecho mal.
En resumen: una vergüenza. Y el título del artículo, con este relato, creo que ha quedado más que explicado, pero por si alguien no lo ha entendido: ¿Cómo es posible que se hagan Expedientes de Regulación de Empleo derivados de los males económicos y traten a los clientes de semejante manera? Visto lo visto, dudo mucho que sea real esa desesperación por vender vehículos. Al menos, yo, sinceramente, no me la creo.
Agradeciendo la información a S. G., concluiré con algo que él mismo (que ha tenido vehículos de Ford, Opel y Citroën sin ningún tipo de problema) dijo al terminar de contar su historia: “Ni un Renault más”.
Mi mensaje personal es, objetivamente: “La mejor publicidad que hay no es la de la televisión ni la de la prensa, sino el boca a boca”.